7 de julio de 2026

Transición energética: del volante a Marte

Inversiones Alternativas

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Juan Diego Bernal, Managing Director  - Tecnología

Llevábamos meses dándole vueltas. Tras más de una década de uso, mi familia y yo decidimos jubilar nuestro querido coche. Tras semanas de deliberación y pruebas, la conclusión fue tan clara que me sorprendió haber invertido tanto tiempo en el análisis: tenía que ser eléctrico. 100% eléctrico.

No fue una decisión ideológica, aunque la ecología no es un argumento que yo precisamente rechace. Era, sobre todo, una decisión de eficiencia, de pragmatismo y de ingeniería. Al observar con detenimiento el progreso de los coches eléctricos durante la última década, resulta difícil defender cualquier otra tecnología con la misma determinación… y esto lo digo con la vehemencia de quien se ha pasado demasiadas noches comparando prestaciones, y analizando pros y contras.

La diferencia entre un vehículo eléctrico y uno de combustión interna, el de toda la vida, es sustancial. Por ejemplo, un motor de combustión interna puede tener, dependiendo del modelo, entre 1.000 y 2.000 piezas móviles. Del mismo modo, un inyector diésel moderno mantiene presiones pico entre 1.000–2.500 bar. Para poner esto en perspectiva, pensemos que en el fondo de la Fosa de las Marianas (el punto más profundo de la Tierra, localizado a ~11 km bajo el nivel del mar) tiene una presión de 1.100 bar. Todo ello es un logro técnico maravilloso, pero también, comparativamente, un concepto radicalmente diferente en cuanto a eficiencia y eficacia.

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