La reciente crisis en el estrecho de Ormuz ha reabierto un debate de fondo sobre la soberanía energética que va más allá de los titulares inmediatos. Lo que está en juego no es solo el suministro energético a corto plazo, sino la arquitectura misma del sistema global. Irán ha demostrado, de facto, su capacidad para ejercer control sobre uno de los corredores marítimos más críticos del mundo, sin que la respuesta militar o diplomática haya sido suficientemente disuasoria en el corto plazo.
La pregunta que surge es incómoda: ¿en qué medida es sostenible un modelo energético basado en la libre circulación de recursos a través de rutas marítimas estratégicas en un contexto de creciente fragmentación geopolítica? Ormuz no es una excepción, sino un síntoma.